


Uno no se acaba de acostumbrar a la palabra “graduado”. Cuando eres estudiante, estudias, y cuando eres trabajador, trabajas. Pero un recién graduado no gradúa, da la sensación que está en esa tierra de nadie entre estudiante y trabajador. Y cuando te preguntan “y que estás haciendo?”, tienes que pararte un momento para no contestar con la respuesta por defecto de los últimos años: “pues estoy en la uni”. Uno se siente un poco desorientado.
Para hacerme una idea de lo que se me viene encima, he preguntado en los últimos meses a algunos ex-universitarios que ahora trabajan. La respuesta que yo me esperaba era algo así como que el empezar a trabajar es un tipo de castigo de la sociedad con uno, por los buenos años que uno ha pasado disfrutando en la universidad. Pero lo que más me han contestado es que el final de los estudios simplemente abre una nueva etapa. Y, para mi sorpresa, aparte de las horas de trabajo y las nuevas responsabilidades, parece que también hay nuevas oportunidades.
Justo al terminar con la uni, se me mezclan dos sensaciones. La primera es de alegría, satisfacción y agradecimiento (en este orden) por haber acabado la carrera. Varios años, muchos exámenes, y tambien nervios han valido la pena. La segunda sensación, en cambio, es menos agradecida. Después de unas semanas de vacaciones, con viaje de fin de curso o sin, llega un momento de incertidumbre. Me pregunto si realmente quiero trabajar en aquello que he estudiado. Si seré capaz de encontrar un lugar de trabajo que me guste. Si me pagaran mal por no tener experiencia. Y,¿sabré adaptarme al nuevo ritmo de vida? ¿Todas esas horas diarias? Y mis amigos, ¿cómo sigo en contacto con ellos ahora que trabajaré y no me quedará mucho tiempo para ellos?
Ante las dudas, nada mejor que replantearse la meta. Hasta la uni, las metas eran lógicas, se tomaban tal cual venían: de primaria a secundaria, de secundaria a bachillerato, de bachillerato a uni. Pero ahora, recién graduado es bueno fijarse una siguiente meta. Una meta a largo plazo: ¿qué quiero que sea de mi vida? ¿Hacia dónde quiero ir, de entre las posiblidades que se me presentan?
Puede que siga con el sueño que tenía antes de entrar a la universidad, como quien sigue queriendo ser astronauta. O puede que los objetivos hayan cambiado, y durante los años de estudiante se ha ido formando un nuevo sueño, más enfocado después de lo que se ha aprendido de la carrera. O puede ser que haya pasado la carrera y que no apareciera nunca un ámbito que nos haya apasionado de forma especial, pero intuimos que en algunas áreas nos sentimos mejor que en otras, y nos regimos por nuestras capacidades.
Todas estas ideas y posibilidades pueden llevar a construirnos una meta. Un sitio al que queremos dirigirnos a largo plazo. Y una vez tenga claro este objetivo, es más fácil ir tomando las decisiones más pequeñas, los primeros pasos. Porque ya no se tratará de decisiones que se cogen a bote pronto, sino que estarán ya enfocadas en esa meta. No es fácil encontrar de buenas a primeras un puesto de trabajo que se llame, por ejemplo, “periodista con valores y capacidad de animar a la sociedad a concienciarse de los problemas sociales”. Pero esa meta marcará todas las decisiones que vaya haciendo en mi vida laboral, desde que empiece hasta que vaya adquieriendo más y más experiencia, y acabe llegando a ella.
Un recién graduado también ha de poder plantearse de forma tranquila pero clara a qué cosas da valor. Es decir, cuáles son sus valores. Qué cosas creo que son esenciales, y qué cosas me mueven, me ponen marcha. Qué es básico, a qué no pienso renunciar, y hacia dónde va a tender mi actitud. Qué líneas voy a seguir, en quién o qué me voy a fijar, que líneas no voy a cruzar. Con veintipico años uno aún no es muy experimentado en la vida. Pero sí se empieza a saber (o sabe) qué tipo de persona se quiere ser. Así que estos valores pueden marcar toda la vida que viene después de la universidad. Y no sólo en el trabajo, sino también en las relaciones o en la familia.
Así que… una meta (un sueño), por un lado, y unos valores que me apasionen, por otro. Son dos fundamentos en los que, personalmente, intentaré basar la etapa que empieza después de la uni.
Pero en mi caso, aún hay un tercer ingrediente básico. Es un paraguas sobre los dos anteriores fundamentos. Es algo que acaba de dar sentido a todo, en mi vida. Es mi confianza en Dios. No como una esperanza a la que aferrarse, sino como la convicción de saber que estoy en buenas manos. Que hay alguien que está por encima de mi vida, y de la de cualquier otra persona (lo crean o no). Es una confianza en quien sabe cómo van las cosas. Que conoce las reglas del juego. Y que es más, tiene un plan para mi vida. Así que no se me ocurre cosa más sensata que pedirle a Él que me muestre cuáles son su meta y sus valores para mi vida de postgraduado.
Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes de andar; sobre ti fijaré mis ojos (La Biblia)
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