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"Unidad y diversidad en la historia de la Iglesia"

Reseña realizada por José Moreno Berrocal.

Edificación Cristiana nº245 (Septiembre-Octubre 2010)
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Unidad y diversidad en la Historia de la Iglesia Creo firmemente que no exageraba Robert L. Dabney, el gran teólogo presbiteriano norteamericano del siglo XIX, cuando afirmó que “La Historia de la Iglesia es uno de los estudios y placeres del cielo”. Esto debe ser así, no solo por decirlo alguien tan respetable como Dabney sino porque, sencillamente, ya muchos, aquí y ahora, tenemos como una de nuestros deleites no solo la lectura sino, particularmente, la que tiene que ver con la Historia de la Iglesia Cristiana. La verdad es que he disfutado

mucho leyendo y releyendo Unidad y Diversidad en la Historia de la Iglesia. Y esto, por la sencilla razón de que Bernard Coster es un buen historiador y teólogo. Confieso que es también un buen amigo. Espero que esto no reste credibilidad a mi reseña. Leyendo algunas de sus páginas, los que conocemos a Bernard, podemos casi oírle hablar… La misma profundidad que uno ha llegado a apreciar en las ponencias de Bernard, aparece aquí también en esta obra.

Unidad y Diversidad en la Historia de la Iglesia nos ofrece una aguda visión protestante de la Historia del Cristianismo. El género histórico no es solamente un gran género protestante sino que es también una de las señas de identidad del protestantismo español y latino. Ha sido cultivado con acierto y calidad desde el mismo comienzo de la fe protestante en España. Así podemos trazar sus comienzos, entre otros, por ejemplo en el magnífico “Tratado del Papa” del celebérrimo Cipriano de Valera. Obra que, por cierto, acaba de ser recientemente reeditada en una soberbia edición a cargo de Isabel Colón Calderón y dentro de la colección Clásicos Andaluces. En nuestros días son muchos los que se han dedicado a la Historia de la Iglesia. Desde el inigualable y monumental Catolicismo Romano, obra del doctor José Grau, obra imprescindible y que difícilmente será superada, hasta las numerosas obras históricas de Justo L. González. Y, por supuesto, no se puede dejar de mencionar a autores como José María Martínez o Gabino Fernández Campos entre otros. Esencial en nuestros días resulta también la obra del doctor David Estrada. Estrada está realizando una magnífi ca labor como historiador con sus introducciones a las obras de los Reformadores Españoles del siglo XVI, dentro de la colección Eduforma de Historia. Estas introducciones no tienen desperdicio como no lo tienen los libros que introducen de nuestros queridos reformadores españoles. Pues bien, la obra de Bernard Coster no desmerece en absoluto a estos otros autores en cuanto a rigor histórico y reflexión teológica. Creo que, la obra de Coster se puede colocar al lado de las de los autores ya mencionados.

La Historia de la Iglesia que nos presenta Bernard Coster no es estrictamente un estudio cronológico de la misma. Hay, si, continuidad histórica en el tratamiento de los temas. Pero, estamos más bien, ante un análisis teológico de la Historia desde un punto de vista protestante. Como el mismo título de su libro indica, el análisis histórico que hace Coster de la Historia de la Iglesia, se estructura en torno a la apreciación de dos factores teológicos en la misma, la unidad y la diversidad. Coster muestra como esa unidad y diversidad se han manifestado de una manera dinámica y muchas veces sorprendente en la Historia de la Iglesia. Aunque estas categorías son la espina dorsal de todo el libro, merece la pena examinar como las maneja Bernard Coster en un período histórico concreto. Así, y como botón de muestra, examinemos su uso en una de las partes más conmovedoras de su obra, la que trata de la Reforma Protestante. Es emocionante leer su definición de la Reforma: “La Reforma Protestante fue la liberación del Evangelio de poderes humanos y un avivamiento de la fe cristiana”, pp 181. Contra la consabida y superficial crítica romana del protestantismo como desunión frente a su unión bajo el Papa, Coster pone de manifiesto la unidad teológica y espiritual del protestantismo dentro de su diversidad. Sus confesiones de fe, dice Coster son “fórmulas de unidad”, pp 176. “La Reforma” afirma Coster “no fue una separación de la iglesia universal, sino una vuelta a los principios doctrinales de la Escritura”, pp 177. Los reformadores no renunciaron a ser la iglesia católica. Es más su lucha se inspiró precisamente en la defensa de la catolicidad (es decir, universalidad de la iglesia) de la iglesia frente al particularismo de Roma. Como señala Coster: “ fue por la política contrareformista de la iglesia romana por lo que el protestantismo se estableció como una segunda comunidad cristiana occidental”, pp 178. Es por ello por lo que “el protestantismo es el reconocimiento y la aprobación de todas las manifestaciones de la misma fe (una fe que justifica) en la iglesia antigua, en la iglesia católica medieval y moderna, y en las iglesias orientales con su propio acceso a la iglesia antigua”, pp 177. Es más, la diversidad protestante no entorpece su unidad, pues la unidad protestante es precisamente eso unidad, no uniformidad. Por ello, las iglesias evangélicas están unidas doctrinal y espiritualmente bajo el lema de la justificación por la fe sola y esto, “a pesar de experiencias históricas diferentes, gran variedad de estilo, de liturgia, de gobierno, de espiritualidad y de perspectivas teológicas”, pp 177. Por otro lado, la unidad romana consiste, según Coster en “la relación vertical que todo y todos tienen, a través de la jerarquía con Roma”, pp 338. Esa relación de dependencia del papado impide“que Cristo y su Palabra ocupen el lugar que les corresponde”, pp 338 en la Iglesia. Son, pues, los conceptos de unidad y diversidad los que presiden el análisis de cada momento histórico por el que ha pasado la Historia de la Iglesia. Pero esto no significa que su estudio esté sometido a una especie de camisa de fuerza conceptual. Coster aprecia otros elementos teológicos a destacar y emplea otros términos, por ejemplo continuidad y discontinuidad, iglesia poderosa e iglesia débil, para desarrollarlos. Cada uno de ellos, se aplican en diversos momentos históricos de la Iglesia y nos sirven, igualmente para valorar las distintas etapas históricas por los que ha pasado la Iglesia.

He señalado que, por su rigor teológico aplicado a la Historia de la Iglesia, la obra de Coster debe ser puesta al lado de otras igualmente valiosas y que han surgido de nuestro propio suelo. Pero es que, además, Bernard Coster que es holandés de nacimiento y formación, se ha preocupado especialmente en esta obra de analizar con ese mismo rigor el Cristianismo español y latinoamericano. A lo largo de su obra trata de interactuar con la Historia de la Iglesia en España y en Latinoamérica. Particularmente valiosas, a mi modo de ver, son sus reflexiones en torno a los orígenes del protestantismo español. Al igual que ya hicieran los profesores José C. Nieto y David Estrada, Coster asume también la tesis del origen autóctono y original de nuestro protestantismo español. Esto es particularmente cierto en el caso de Juan de Valdés y Rodrigo Valer entre otros. La razón es obvia como ha señalado el profesor Estrada, se debe al simple hecho de que nuestros reformadores españoles al igual que los reformadores del resto del Continente europeo, bebieron de la misma fuente, es decir, las Sagradas Escrituras, las cuales, nos dice Pablo nos pueden hacer sabios para la salvación por la fe en Cristo Jesús, 2ª Timoteo 3.16. La elaboración más reciente de esta idea se encuentra en el último escrito del profesor Estrada, recientemente publicado en el libro Historia, Influencia y Legado de Juan Calvino, publicado también por Andamio (curiosamente el libro contiene otro capítulo al que contribuye Bernard Coster) También señala Coster la acendrada defensa que de la libertad de conciencia hicieron los reformadores españoles. Este énfasis, se debió, sin duda alguna , aparte de otras razones a la terrible represión que sufrieron por parte de la Inquisición Española nuestros padres en la fe. Es esta otra de las señas de identidad de nuestro protestantismo patrio, su tolerancia.

Particularmente valioso, resulta también, a mi modo de ver, el apartado que Coster dedica, dentro del capítulo 8 a la llamada Teología de la Crisis. En el mismo estudia críticamente a pensadores como Karl Barth, Rudolf Bultmann, Paul Tillich y Dietrich Bonhoeffer. Todavía recuerdo sus conferencias, impartidas ya hace años sobre la figura de Bonhoeffer en el marco de la Conferencia Cipriano de Valera. Resulta igualmente fascinante el capítulo final titulado Cristianismo bajo la Cruz. En el mismo traza un panorama de los sufrimientos de los cristianos bajo las revoluciones liberales, el islam, el comunismo, en China o bajo el nazismo.

Se podrían mencionar otros aspectos interesantes de esta obra. Pero creo que lo dicho es suficiente para interesar a los amantes de nuestra Historia. Es evidente que nadie, incluso yo mismo, podemos estar de acuerdo con todo lo que se dice en esta obra. Aún así, en aquellos puntos, siempre detalles pequeños, en los que uno pudiera estar en desacuerdo con el autor, se puede apreciar la base sobre la que Bernard hace sus afirmaciones. En cualquier caso, nunca deja Bernard Coster indiferente. El mejor encomio que se puede hacer a su obra es que motiva a la reflexión personal sobre lo que trata. Es un auténtico placer el recomendar esta obra.

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